Juan es uno de los tantos profesionales que, desde 2020, empezó a trabajar en remoto debido al COVID-19. Al terminar el COVID decidió continuar a trabajar en remoto, ya que, debido a la naturaleza de su trabajo, podia trabajar desde cualquier lugar. Juan era informático y no tenía motivos para volver a trabajar de forma presencial, o esto era lo que pensaba en aquel entonces.
Primera fase: El cansancio mental
Juan acondicionó una pequeña habitación de unos 7 metros cuadrados, con una ventana lo suficientemente grande para tener una buena iluminación, y un ordenador portátil que le proporcionó su empresa. En la habitación tenía solamente una pequeña mesa y una silla de oficina.
A las 8:00 de la mañana, Juan se encerraba todos los días en su pequeño estudio y empezaba a trabajar sin preocupaciones, hasta que las cosas empezaron a desmoronarse poco a poco. Al cabo de unos meses, Juan se dio cuenta de que la soledad de esa pequeña habitación estaba empezando a pasarle factura.
Empezó a notar un extraño cansancio, un cansancio nunca probado antes, debido probablemente de la situación de aislamiento que estaba viviendo. Juan podía pasar días enteros sin hablar con nadie, que no fueran sus hijos o su mujer. Así que empezó a tomarse pequeños descansos durante la mañana, aprovechando el tiempo para organizar la habitación de los niños, ya que en aquel entonces, sus hijos eran aún muy pequeños.
Luego volvía a su estudio para seguir trabajando, pero al rato, su atención se desviaba hacia la lavadora que acababa de terminar su ciclo, luego hacia la secadora y finalmente, hacia la nevera para ver si habia algo que pudiera servir para preparar para la comida del día.
De pronto, se dio cuenta que durante el día iba acumulando una buena cantidad de trabajos domésticos entre descanso y descanso y que, por las tardes, muchos días se veía obligado a recuperar algunas horas perdidas durante la mañana.
El síndrome del Padre Presente
Este síndrome realmente no existe, pero el nombre es perfecto para entender lo que experimentó Juan durante esta segunda etapa del trabajo en remoto.
Al principio, Juan se tomaba un buen café mientras su esposa, antes de irse a trabajar, preparaba a los niños y su suegra los recogía para llevarlos al colegio. Entraba en su estudio con su taza de café recién hecho y empezaba tranquilamente su jornada laboral.
Pero, con el paso del tiempo, su esposa, salía de prisa de casa para no llegar tarde a la oficina, muchas veces sin terminar de preparar a los niños y sin terminar de preparar sus mochilas con la merienda. Así que Juan, poco a poco, tuvo que empezar a retrasar la hora del café para terminar de arreglar a los niños y entregarlos a su suegra para que los pudiera llevara al colegio.
Juan ya no empezaba su jornada laboral a las 8:00 de la mañana ni empezaba el día con un café recién hecho. A las pocas semanas, además de vestir a los niños, también tenía que llevarlos al colegio porque su suegra ya no subía a por ellos. Al terminar de vestir a los niños, preparar las mochilas y llevarlos al colegio, Juan preparaba su café y empezaba a trabajar. Eran ya las 9:00 de la mañana.
A las 10:30 seguía tomando un pequeño descanso para sacar la lavadora, poner la secadora y preparar la comida.
El descontrol parental
Con el tiempo, la situación tomó un rumbo inesperado sobre el cual Juan ya no tenía ningún tipo de control.
Por las mañanas, Juan estaba muy ocupado con la preparación de los niños y las labores domesticas. A las 14:00 iba a recoger a los niños al colegio, porque ya no tenía sentido dejarlos en el comedor estando él en casa «trabajando». Era una buena manera de ahorrar un dinero todos los meses. Como ya la comida estaba preparada desde las 11:00, podía comer tranquilamente con ellos en casa. Luego dejaba a los niños delante de la televisión para poder seguir trabajando desde su pequeño estudio.
Juan ahora se levantaba más temprano de lo normal para empezar a preparar el almuerzo de los niños. Luego se quedaba con ellos para vestirlos y llevarlos al colegio. Pasaba por el supermercado por si faltaba algo para la comida del medio día y se iba a casa corriendo para organizar el resto de las tareas domésticas. Pero en un abrir y cerrar de ojos, ya había llegado la hora de ir a por los niños al colegio y la comida aún no estaba lista, así que tenía que dejar la comida a medias para ir a por ellos y luego, con ellos en casa, terminar de preparar la comida.
Recogía los platos en el lavavajillas mientras que, los niños, ya aburridos de tanta televisión, empezaban a pelearse y a correr por toda la casa, mientras Juan intentaba volver a su estudio para seguir, o mejor dicho, para empezar a trabajar. A las 17:00 su esposa se iba de nuevo, así que Juan tenía que dejar el trabajo de lado para llevar a los niños a natación y luego al parque para que pudieran desahogarse un poco y jugar con los demás niños.
El fatal desenlace
El tercer año de trabajo en remoto, Juan pasaba más de 8 horas diarias ocupado con las labores de la casa y con el cuidado de los niños, y a duras penas podía contestar a los correos diarios que llegaban a su bandeja de entrada. Su salud mental estaba cada vez peor por culpa del estrés del día a día y por la preocupación de no estar cumpliendo con su trabajo.
Finalmente, Juan entendió que la única forma de recuperar su bienestar era volver al trabajo presencial, lejos de las obligaciones domésticas que estaba llevando a cabo durante el horario de trabajo. Volver a trabajar en un espacio diferente y alejar la vida familiar de la profesional, volviendo a trabajar en un entorno donde poder relacionarse con otros compañeros lo benediciaria seguramente. Estaba ya decidido cuando, de repente, empezó a leer el único email que pudo abrir ese día.
Eran las 15:00 de la tarde de un viernes de junio y decia:
Estimado Sr. Juan Mendoza López:
La dirección de esta empresa le comunica la finalización de la relación laboral por motivo disciplinario. Las razones de su despido son las siguientes:
Desde el comienzo del teletrabajo, usted no ha vuelto a trabajar ni un solo día.
Cordialmente, la Empresa.
La verdad sobre el cuento de Juan
La historia de Juan Mendoza es una historia inventada que refleja la vida de muchos profesionales que simplemente, no estaban preparados para empezar a trabajar en remoto.
Muchos profesionales con situaciones familiares complicadas, sin ayuda externa, sin el apoyo de una pareja o simplemente, sin un espacio suficiente en su hogar, acondicionado para poder trabajar adecuadamente. Sin una preparación que les ayudará a separar correctamente la vida privada de la profesional.
Aprender a trabajar correctamente en remoto ha sido y será un gran desafío para la gran mayoría de los profesionales que se han visto catapultados en un mundo nuevo y con nuevas reglas, donde casi nadie está realmente capacitado para este reto.
Ha sido una adaptación forzosa que, sin duda, ha traído muchísimos más beneficios que perjuicios, pero esto no quita, que este enorme cambio necesita de una preparación adecuada. De lo contrario corremos el riesgo de caer en un sinfín de problemas, empezando por mentales, pasando por los físicos y terminando por los económicos.
Aprender a ser un gran profesional capaz de desarrollar perfectamente todas sus funciones en modalidad remota es, sin duda alguna, un desafío que tendrán que afrontar las futuras generaciones durante las próximas décadas.
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